Como todo el mundo me daba asco, cualquier actividad a realizar se complicaba el doble. Además la continua tensión acababa por resultar molesta y poco favorecedora.
El caso es que mientras volvía andando desde casa de mis padres lo vi todo claro y una jodida paz interior se apoderó de mí en forma de sonrisa imbécil. Todo el mudo era peor que yo. Y a partir de ahora, cualquiera con quién me relacionara se iba a dar cuenta, se lo iba a dejar claro desde el principio. Tú no eres más que otro jodido jilipollas que piensas que te conoces pero no tienes ni puta idea y ni siquiera conduces tu vida. Sí, ese sería un buen lema para utilizar en mis futuras conversaciones. Empecé a hacer hueco en la agenda del móvil para albergar a la gran cantidad de amigos que iba a hacer a partir de ahora.
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¿Crees que podrás conseguirlo?
Miro sus ojos con desprecio y no contesto. El destino quiere que en ese momento le llamen al móvil.
Aprovecho y agarro la bolsa, y me largo.
Camino hasta la puerta del colegio, y espero en frente. No entro en un bar, no me fumo un cigarro. Espero. Pasa una hora y salen los chicos. Me marcho.
Al día siguiente vuelvo. Pasa una hora y salen los chicos. Cuando él se acerca le doy el sobre y me pierdo en la multitud. Aterrorizado abre el sobre. No miro hacia atrás pero oigo como se desploma. Ella, que me ha visto, sale corriendo detrás de mí.
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A la jilipollas de Mariona le encantaba que le llamáramos Mario. Se presentaba así siempre que conocía a alguien, creyendo despertar un repentino interés con la inevitable confusión inmediata, cuando en realidad la mayoría de gente preguntaba por ser amable, o por que no tenía nada mejor que decir y así se cubrían unos cuantos segundos en la conversación con el extraño.
Era una de esas chicas que explotan su lado homo-lésbico, ese que siempre vende, con una actitud dura, una moto enorme, y un nombre de tío, mientras se enfunda en unos minishorts y unos zapatos de tacón. Y se sentía tremendamente sexy y no dudaba en besarme en público. Aunque la prefería mucho antes a ella que a Carla, que tenía la graciosa capacidad de echarse a llorar, desmayarse y auto crearse depresiones cada vez que el nivel de acaparamiento de atención a su persona descendía del 100%. Entre las dos me tenían totalmente eclipsada.
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